La orilla que una Colombia olvidó

Publicado: julio 5, 2006 en Periodismo

                                                                                Cabeceo 
Por: José David Bustos 
Suena irónico que pueda alguien hacer la pregunta: ¿y en qué Colombia vives?
Por más que nos haga falta conocer hasta el punto más recóndito del globo terráqueo, estamos convencidos hasta ahora de que la Colombia a la que pertenecemos es única, sin embargo con las actuales condiciones económicas, lamentablemente, podemos sorprendernos al detallar en realidad dos Colombias totalmente diferentes.  El ‘¿cómo así?’ por respuesta ya no es admisible en el contexto en el que nos encontramos.

La Colombia rica de las grandes ciudades, como Bogotá, Medellín y Cali, registra con el tiempo avances en el Índice de Condiciones de Vida (ICV), indicador que expresa la calidad de la vivienda (riqueza física), acceso y calidad de los servicios públicos domiciliarios (riqueza física colectiva), educación (capital humano individual) y tamaño y composición del hogar (capital social básico).

 Es la capital de la Nación la que tiene el ICV más alto del país: 89 sobre 100, seguido por el Valle (83), Antioquia (78) y la región Oriental (75). Un dinamismo económico que se traduce en la alegría de unos de ver a su país que con todos los problemas del caso tiene la fe viva en los tres vivos colores de su identidad.   

Ahora bien, dejémonos de ese optimismo dado por un patriotismo inspirado en un pedazo de tela. Hablemos de la bandera de la otra Colombia, si, ¿se olvidaron? La otra Colombia que en un tono de tristes grises se da cuenta de que lleva un retraso de 18 años con respecto al ICV de la Colombia opulenta. La calidad de vida de la costa pacífica –Chocó, Cauca y Nariño– cada vez se deteriora más. Entre 1997 y el 2003, esta región tuvo un retroceso cercano a 12 puntos en el periodo señalado, al bajar de 74,3 a 62,6, donde la situación es mejor a medida que la escala se aproxima a 100. 

Es desastroso el nivel de insensibilidad de la administración del Estado –¿qué definición tendrán de esta interesante palabra?– que deja pasar los segundos, que significan siglos para la población de la costa pacífica, y sigue alejando, estando tan cerca, estas regiones invertebradas económicamente, marcadas por un constante calvario de marginación y pobreza.  

En nuestro departamento, la situación es alarmante. Los habitantes de las comunidades de Santa María (Timbiquí), Balsitas (Guapi) y Santa Bárbara de Iscuandé –grupos étnicos afrodescendientes con cientos de años de vida cultural y presencia en este territorio, que han tratado de conservar sus prácticas tradicionales y sus cosmovisiones– están siendo víctimas de un proceso sistemático de marginalidad por parte del Estado, desconociendo sus derechos, dilatando –como siempre– la puesta en marcha de programas y proyectos que comprometan el bienestar colectivo de las comunidades, e invisibilizando la participación de los hombres y mujeres afrocolombianos al igual que sus propuestas.   

Es preocupante la acelerada expansión de cultivos de uso ilícito y el incremento en general de todas las actividades asociadas al narcotráfico, así como la siembra de monocultivos como la palma aceitera. Encima de todo el gobierno nacional acrecienta cada vez más su política de fumigación, trayendo consigo deterioros ambientales, enfrentamientos armados, desplazamientos, que se traduce, según la inclemente lógica, en pobreza y desolación.  

Con respecto al panorama sociopolítico de la zona, la región de la costa pacífica caucana vive una situación aterradora. Existe complicidad de las fuerzas militares legales con las autodefensas, que es denunciada constantemente por la iglesia católica y las comunidades; la fuerza militar oficial participa, en algunos casos, con las actividades relacionadas con el narcotráfico, para la muestra el botón de la captura del Capitán de la base militar de Timbiquí después de habérsele comprobado su participación directa con actividades ilícitas; así mismo, los constantes enfrentamientos entre paramilitares y el ejército nacional han llevado a comunidades como San Francisco (Saija) a desaparecer, y los enfrentamientos entre guerrilla-ejército nacional en el municipio de Iscuandé han incrementado la delincuencia común, los asesinatos selectivos y las muertes violentas.

Ante este panorama, ¿pueden seguir vanagloriándose los colombianos de un medio país por la animada pendiente de su crecimiento y las buenas nuevas de su ICV? ¿Hace falta un titánico serrucho para dejar perder en altamar aquel tesoro humano que suplica atención?

¿Cuál es tu Colombia? 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s